No creo, querido lector, que pueda enseñarle ciudad de este mundo que haya generado más literatura de viajes que la de Roma. Tenga en cuenta que los primeros Itinerari datan de la alta Edad Media, aunque aquellos más que guías eran simples sucesiones de monumentos, más o menos ordenados tipológicamente, que el eventual viajero obligatoriamente debía llevar vistos a su vuelta. El más célebre, del siglo IX, es el Itinerario di Einsiedeln, que sirvió para mantener viva la memoria de los monumentos y la epigrafía romanos. A mediados del siglo XII, cuando ya se había perdido en buena medida aquel conocimiento de la Roma antigua, surgieron los Mirabilia Urbis Romae, donde las descripciones monumentales comenzaron a verse acompañadas de narraciones fabulosas y legendarias que trataban de incidir en la continuidad de la Roma cristiana respecto de la Roma clásica y que trataban de saciar la curiosidad de los peregrinos por las tumbas de los apóstoles y las reliquias de los mártires del paleocristianismo. A partir del siglo XV, con la aparición de la imprenta, la difusión de estas guías para peregrinos se multiplicó de manera exponencial, llegando en los años de jubileo a ser ciertamente superlativa.
Fue precisamente durante el año santo de 1475 cuando aparecieron las primeras ediciones latinas de las Indulgentiae ecclesiarum urbis Romae, que resultaba ser, con sus arcaizantes xilografías, una suerte de guía para la visita a las Siete Iglesias, así como a otros lugares de peregrinación. Pronto le sucedieron ediciones en alemán e italiano y, poco después en francés y español, hasta el punto de que en el jubileo de 1525, sólo cincuenta años después de aquella primera edición, se habían alcanzado ya más de 130 ediciones distintas entre Mirabilia y Indulgentiae.
A partir de entonces, las publicaciones dedicadas a los peregrinos se irían multiplicando, y en ellas, acompañando a los capítulos dedicados a las visitas piadosas, irían surgiendo otros que tratarían las colecciones anticuarias y los monumentos clásicos, hasta el punto de que en las ediciones dieciochescas de Le cose meravigliose del’alma città di Roma el volumen quedó dividido en tres partes netamente diferenciadas y dedicadas respectivamente a la Roma sagrada, la Roma antigua y la Roma moderna. El canto del cisne de aquella literatura corográfica que podríamos llamar intraperiegética sería la monumental obra de Giuseppe Vasi Delle Magnificenze di Roma antica e moderna. El convulso siglo XIX romano, aún contando con guías monumentales realmente precisas y sistemáticas, acabaría con este género literario.
En Ad Urbe condita trataremos, querido lector, de retomar aquel añejo planteamiento renacentista que concertaba indisolublemente la Roma sagrada y la profana. Sin afán de exhaustividad, y menos aún de mantener un orden preciso, iremos combinando informaciones y consejos de orden eminentemente práctico con artículos de naturaleza más ensayística, como éste con el que damos principio a nuestro trabajo de cicerone aficionado. Todo escrito siempre desde la subjetividad que cualquier trabajo personal implica y sin duda con la ilusión de quien habla de lo que ama.
