martes, 5 de junio de 2012

LA ROTA PORPHYRETICA O RUEDA DE LA CORONACIÓN EN SAN PEDRO

Pocos son los visitantes de San Pedro que reparan en un gran disco de pórfido rojo encastrado en el pavimento de la nave central poco después de la entrada.

  Es la famosa "rota porphyretica" o "ruota dell’incoronazione", proveniente dal viejo San Pedro, es decir, de la antigua basílica mandada edificar por el Emperador Constantino. 

Fresco de la basílica constantiniana, Iglesia de San Martino ai Monti, Roma

Sobre esta piedra circular se ubicaban los emperadores cuando el pontífice le imponía su corona. Sobre esta grande “rota”, opportunamente conservata, se arrodilló el poderoso Carlomagno (742-814), Rey de los Francos, la noche de Navidad del año 800 y el Papa León III (795-816) lo coronó como Emperador Romano y como tal fue de hecho aclamado por todos los presentes), imponiéndole inopinadamente, de cara a la galería, sobre la cabeza la diadema imperial.

 El Papa León, había sido quebrantado por numerosas afrentas por los romanos, que le habían vaciado los ojos y amputado la lengua, por lo que había implorado la ayuda del Rey. Por eso llegó a Roma con la intención de pacificar la situación de la Iglesia, sumamente perturbada, restablecer el honor pontificio, para lo que permaneció allí todo el invierno.

El historiador oficial Eginardo (ca. 770-840) presenta como improvisada esta coronación. En cualquier caso, Alcuino, Teodulfo, y otros personajes cortesanos habían allanado el camino para ello. Los poetas lo habían celebrado como "cabeza del mundo", "augusto", y "honor del pueblo cristiano". Los acontecimientos de Roma simplemente presentaron una ocasión propicia para llevar a cabo dicho proyecto. 

Corona del Sacro Romano Imperio, Viena (Austria)

 La supuesta ignorancia de Carlos seguramente pretendía menguar el recelo que esta consagración habría de provocar en los emperadores bizantinos. Es por otra parte significativo cómo el prestigo de la dignidad imperial había sobrevivido en Europa a la caída del Imperio Romano de Occidente (476 d.C.).

Carlomagno había nacido probablemente en Aquisgrán el 2 de abril del 742, hijo de Pipino el Breve y nieto de Carlos Martel, Mayordomo de Palacio de los reyes merovingios francos. Lo podemos considerar como hijo ilegítimo, pues, aunque no se sabe con certeza la fecha de su nacimiento, ésta es de cualquier manera anterior al matrimonio de Bertrada de Laon y Pipino que tuvo lugar en el año 749.  

En el año 751 Pipino destronó al último rey Merovingio y asumió el título real. Cuando éste murió en el 768, el gobierno de sus reinos fue compartido entre sus dos hijos Carlos y Carlomán. La asamblea general de los francos proclamaron a ambos reyes con la condición de repartirse equitativamente el reino. Carlo Magno con su espada y con sus dotes de gobierno, condujo a sus ejércitos francos a la victoria sobre otros numerosos pueblos y estableció su dominio en la mayor parte de Europa central y occidental. En el año 771, a la muerte de Carlomán, Carlomagno se apoderó de sus territorios. 

Cornacchini, Nártex de la Basílica de San Pedro del Vaticano

 A partir de entonces, sobre esta misma «rota» fueron coronados numerosos emperadores, entre los cuales, Carlos II el Calvo, Lotario I, Ludovico II, Lamberto de Spoleto, Berengario, los Otones, Federico I Barbarroja y Federico II. 

Coronación de Federico I Barbarroja

viernes, 1 de junio de 2012

LA ÚNICA FIRMA DE MIGUEL ÁNGEL

Como es archiconocido, el famoso Michelangelo Buonarrotti (Caprese, 6 de marzo de 1475Roma, 18 de febrero de 1564) desarrolló su labor artística a lo largo de más de setenta años entre Florencia y Roma, que era donde vivían sus grandes mecenas, la familia Médici, en la primera, y los diferentes papas, en la segunda.

Escultor, pintor y arquitecto, llegó a ser muy admirado por sus contemporáneos, que le llamaban el Divino. Triunfó en todas las artes en las que trabajó, caracterizándose por su perfeccionismo. La escultura era su predilecta y la primera a la que se dedicó; a continuación, ya en Roma, la pintura, casi como una imposición por parte del Papa Julio II della Rovere, y que se concretó en una obra excepcional que magnifica la bóveda de la Capilla Sixtina, y ya, en sus últimos años, realizó proyectos arquitectónicos. 

En el año 1496 había decidido establecerse Roma, ciudad que había de verle triunfar, donde inició una década de gran intensidad artística, después de la cual, con treinta años, fue acreditado como un artista de primera línea. 

Su traslado a Roma se vio propiciado tras la venta de un Baco esculpido por él, hecho pasar por obra de la Antigüedad, al Cardenal de San Jorge Raffaele Riario, que lo invitó a la Urbe para deshacer el engaño por medio de un intermediario suyo, Jacopo Galli. Miguel Ángel aceptó de inmediato, a pesar de ser el purpurado enemigo irreconciliable de sus protectores los Medici y llegó el veinticinco de junio del 1496.

Gracias a la mediación del citado Jacopo Galli, Miguel Ángel recibió importantes encargos, entre los que se encuentra la célebre Pietà del Vaticano. Contratada a Michelangelo por el Cardenal Jean Bilhères de Lagraulas, que había sido benedictino, Embajador de Carlos VIII de Francia ante Alejandro VI Borja en Roma, realizada en mármol de Carrara, cuyo bloque había sido personalmente escogido por él en las canteras de los alpes Apuanos, la primera de este tema del artista, y que puede admirarse en la primera capilla de la nave derecha de la Basílica de San Pedro desde 1749, y una de las más importantes y famosas obras del maestro, es la única que lleva su firma.  


El contrato entre el artista y el cliente se había firmado el veintiséis de agosto de 1498, y en él se estipulaba, además del pago de 450 ducados de oro, que habría de estar terminada antes de un año, y en efecto, dos días antes de cumplirse el plazo la obra maestra ya estaba terminada, unos pocos después de la muerte del cardenal comitente, y fue colocada sobre su tumba en la Capilla de Santa Petronila en la antigua basílica vaticana. 

A la izquierda, en el flanco meridional de la basílica, están las rotondas de San Andrés y de Santa Petronila

Vasari ya decía de ella: «es una obra a la que ningún artífice excelente podrá añadir nada en dibujo, ni en gracia, ni, por mucho que se fatigue, en poder de finura, tersura y cincelado del mármol».

Se cuenta que el gran genio del Renacimiento, que entonces tenía veinticuatro años y era todavía poco conocido, después de oír el juicio de algunos entendidos en arte, que alababan su obra atribuyéndola, sin embargo, a Cristoforo Solari, se encolerizó y quiso poner en evidencia el nombre del verdadero autor, grabando su firma sobre la cinta que atraviesa el seno de laVirgen: «Michael A[n]gelus Bonarotus Florent[inus] Facieba[t]» («Miguel Angel Buonarroti, florentino, lo hizo»).