Pero su blanco manto contribuye decisivamente a ofrecer una nueva perspectiva de la belleza de esta ciudad, presentando un aspecto casi fantasmagórico o atemporal.
El ruinoso pero soberbio Coliseo se presenta como purificado por la cándida nieve del renegrido aspecto con que lo ha revestido la la incuria de los tiempos.
De la Roma imperial pasamos a la Roma de los papas. Parece que el dorado travertino de la Plaza de San Pedro se ha contagiado del blanco puro de la sotana de los Sumos Pontífices.
El obelisco de la regia Piazza del Popolo, que recibía acogedoramente a los huéspedes ilustres que arrivaban a la ciudad, parece amenazar al cielo que descarga abundantes copos de nieve.



