jueves, 23 de febrero de 2012

Estaciones cuaresmales romanas. El Miércoles de Ceniza


De los ritos peculiares de la Cuaresma nos interesa hacer mención del culto estacional de la corte pontificia. Los miércoles y viernes primero, y los martes y jueves a partir del Papa San Gregorio II (715-31), hacia las tres de la tarde, hora de Nona, se reunía la asamblea cristiana en una iglesia designada como lugar de cita: en ella se recitaba una oración colecta, y, entre cantos penitenciales y letanías, precedidos de la cruz procesional se dirigían procesionalmente fieles, clero y sumo pontífice a la iglesia estacional, donde se celebraba la Eucaristía.

Estas ceremonias recibieron el nombre, desde el siglo II, de estación, vocablo latino que significa etimológicamente “punto de guardia”, porque en estas jornadas, de semiayuno, el cristiano montaba espiritualmente guardia. Simbolizan el camino penitencial de la Cuaresma como tránsito hacia la Pascua. 
Las estaciones romanas pasaron a quedar señaladas en el Missale Romanum mandado publicar por San Pío V Ghislieri, y que se mantuvieron hasta la edición del Beato Juan XXIII Roncalli de 1962.
La primera estación, la del Miércoles de Ceniza, se hace en la vetusta y repristinada Basílica de Santa Sabina al Aventino. No se sabe con precisión por qué se escogió. 
Algunos piensan que porque el Papa, por la fatiga cuaresmal, se retiraba antes algunos días al Aventino. Otros opinan que, ya que partía la procesión de Santa Anastasia, subía la cuesta hasta nuestra basílica, el Clivo di Rocca Savella, como símbolo del esfuerzo necesario para lograr la perfección espiritual del alma.
En la actualidad el Papa preside la procesión desde San Anselmo hasta Santa Sabina, mientras se cantan las Letanías de los Santos. 
A la llegada a nuestra basílica, celebra misa solemne con imposición de la ceniza. Un corto pero intenso trayecto desde la Plaza de los Caballeros de Malta por la Via di Santa Sabina hasta la Plaza de Pietro d'Illiria, el que mandó edificar nuestro templo. El vídeo de abajo es del 2010:
La Iglesia posconciliar, no obstante no ha dejado de reconocer la importancia de este tipo de ceremonias y dispone que se emulen en donde se pueda: “se recomienda que se mantengan y renueven las asambleas de la Iglesia local según el modelo de las antiguas ‘estaciones’ romanas”.

martes, 21 de febrero de 2012

Acción Litúrgica: Domingo de Quincuagésima en Roma

Acción Litúrgica: Domingo de Quincuagésima en Roma: Santa Misa Solemne con la Forma Extraordinaria del Rito Romano en la Iglesia de Gesù e Maria, Via del Corso, en Roma, en el Domingo de Quicuagésima, el inmediatamente anterior al Miércoles de Ceniza. La belleza de la liturgia en un marco incomparable.

lunes, 20 de febrero de 2012

San Lorenzo: un hispano, compatrono de Roma

San Lorenzo, uno de los santos más populares del Martirologio Romano, es una de las víctimas de las persecuciones con las que en los cuatro primeros siglos de la historia del cristianismo el Imperio Romano azotó a la Iglesia.
Ésta se vio abonada con la sangre de los mártires, hombres y mujeres, que, fortalecidos por su fe, afrontaban crueles torturas y la muerte, que le infligían unos gobernantes intolerantes su religiosidad y su forma de vida.
Algunos de estos mártires, por su valentía ante la muerte o por haber sufrido los peores tormentos por la causa de Cristo, adquirieron gran importancia para la comunidad cristiana y alcanzaron una gran devoción.
San Lorenzo, como ya hemos dicho, fue uno de estos últimos. Su posición en la jerarquía eclesiástica (no olvidemos que era el diácono arcediano, esto es, la mano derecha del Papa), su categoría humana que se vislumbra en los diálogos martiriales atribuidos a san Lorenzo, su talla espiritual y su celo y caridad a favor de los más pobres y necesitados, al tiempo que su fortaleza en cruel martirio, hicieron de él un auténtico modelo para la cristiandad de la época.
Nació San Lorenzo en la primera mitad del siglo III. En la Pasión de Policronio se atribuye a San Lorenzo origen hispano. Huesca desde una antigüedad remota ha reclamado ser la patria de tan insigne mártir. Esta tradición dice que los padres de san Lorenzo se llamaban Orencio y Paciencia (ambos inscritos también en el Martirologio Romano); se dedicaban a la agricultura y tenían dos casas: una situada en la ciudad, en el lugar que hoy ocupa la Basílica, y otra en las afueras, donde se levantó la Ermita de Loreto.
En un viaje por Hispania del futuro Sixto II, antes de ser papa, se fijó en los valores de San Lorenzo y se lo llevó a Roma con él. Al llegar a Roma, en el año 257, se encontraron con la muerte reciente del Papa Esteban I y fue elegido para sucederle Sixto. Al distinguirse por la integridad de sus costumbres, por su piedad y por su caridad, el ya Papa Sixto II lo ordenó de diácono.

Tras ordenarlo, lo nombró Arcediano de la Iglesia de Roma, con la misión de custodiar y administrar los bienes de la Iglesia y atender a los enfermos, a los huérfanos y a las viudas.

 Su pontificado se inició poco después de que el Emperador Valeriano hubiera proclamado un edicto de persecución contra los cristianos en el que prohibía su culto y las reuniones memoriales en los cementerios. Los últimos años del reinado de este Emperador fueron de una situación financiera muy grave, con una inflación muy elevada y unos gastos militares elevadísimos. 
Había que buscar recursos y pensaron en los “tesoros” de la Iglesia, por lo que la persecución iba dirigida particularmente contra la jerarquía eclesiástica. San Lorenzo, consciente del peligro, vendió todos los bienes de la Iglesia y los repartió entre los pobres.
Según el Martirologio Romano, el Papa Sixto fue detenido el seis de agosto mientras estaba celebrando misa en las Catacumbas de San Calixto, muriendo mártir al ser decapitado junto a sus Diáconos Januarius, Vincentius, Magnus y Stephanus, que lo acompañaban en la celebración eucarística. Ese mismo día también sufrieron el martirio los diáconos Felicísimo y Agapito.
Lorenzo fue dejado para conseguir de él que entregara los tesoros de la Iglesia. Inmediatamente Lorenzo fue confiado a la custodia del centurión Hipólito, que lo recluyó en un sótano de su casa. En este lugar oscuro, húmedo y estrecho se encontraba apresado también un cierto Lucilo, ciego. Lorenzo confortó a su compañero de prisión, lo animó, lo adoctrinó en el cristianismo y, sirviéndose de una manantial de agua que brotaba del suelo, lo bautizó. Después del bautismo Lucilo recuperó la vista.
El centurión Hipólito visitaba a menudo a los encarcelados, y habiendo constatado el hecho prodigioso, impresionado por la serenidad y mansedumbre de los presos, e iluminado por la gracia de Dios, se convirtió al cristianismo recibiendo el bautismo de Lorenzo. Inmediatamente Hipólito, reconocido cristiano, fue atado a la cola de unos caballos y arrastrado sobre rocas y zarzas hasta su muerte.
Se cuenta que interpelado en referencia a los tesoros de la Iglesia por el mismo Emperador, Lorenzo lo condujo ante los pobres y enfermos y le dijo: “Éstos son los tesoros de la Iglesia”. Esto causó una gran rabia en Valeriano, que ordenó fuese torturado cruelmente. Según el papa Inocencio III, los diez tormentos con que fue martirizado san Lorenzo fueron: cárcel, heridas de escorpiones, atadura de cadenas, golpes de palos, quemaduras con láminas incandescentes, azotes con látigos emplomados, el potro, heridas con piedras, horcas y la parrilla en el fuego, que es el que más se conoce y con el que habitualmente se representa, pues fue el último, que sufrió en un lugar cercano a la prisión. Otro detalle, con palabras del poeta Prudencio, que nos habla de su fortaleza humana: cuando estaba siendo quemado vivo dijo a su verdugo: “Ya estoy asado por este lado; da la vuelta y come”.
Su cuerpo fue llevado al Campo Verano, a las Catacumbas de Santa Ciriaca. El martirio de San Lorenzo se fecha en el Martirologio Romano el diez de agosto del 258.
Por todo esto, Lorenzo se convirtió en uno de los personajes más conocidos del paleocristianismo romano y uno de los mártires más venerados en la Urbe, lo que hizo que su memoria fuera recordada en muchas iglesias y capillas levantadas en su honor en el transcurso de los siglos. Tanto es así que pasados unos pocos años, Constantino mandó edificar, en su honor, en el lugar del enterramiento, una basílica martirial que se ha convertido en uno de los lugares más importantes de Roma. La fama de san Lorenzo se extendió rápidamente por todo el orbe cristiano.
Particularmente para recordar los acontecimientos de su vida se erigieron en Roma tres iglesias: San Lorenzo in Fonte (lugar de la prisión), San Lorenzo in Panisperna (lugar del martirio) y San Lorenzo al Verano (lugar de su sepultura). En otra entrada propondremos un itinerario a modo de peregrinación devocional que nos rememora el camino de su martirio.
A éstas se sumaron muchas hasta llegar en Roma a la treintena, de las que subsisten siete dedicadas al compatrono de Roma. En el 2008 la Iglesia recordó con un solemne Jubileo el 1750 aniversario de su martirio. 
Las ilustraciones las hemos tomado de las escenas que componen la decoración pictórica de la Capella Nicolina vaticana, encomendada al Beato Angélico, quien la realizó entre los años 1447 y 1451, en plena madurez de su carrera artística. Ésta había sido construida bajo el pontificado de Nicolás V (1447-1455) en el segundo piso del palacio papal. 
Peter Paulus Rubens, Nicolás V, Museo Plantin-Moretus

El pintor pintó en ella al fresco la vida de los santos Esteban y Lorenzo; las escenas de la vida de san Esteban en el registro superior, y en el inferior la vida de san Lorenzo.

Las divisiones las hizo mediante elementos arquitectónicos netamente clásicos con arcos de medio punto y colores pasteles. Exhibe un gran naturalismo al tiempo que los tejidos de las vestiduras fueron ricamente trabajados. Además, también representó a ocho Padres de la Iglesia (griega y latina) y a los cuatro evangelistas en la bóveda.


sábado, 18 de febrero de 2012

Sic transit gloria mundi

Sic transit gloria mundi. Así pasa la gloria del mundo. Sentencia muy adecuada para este domingo de Quincuagésima o Domingo de Carnaval. Frase que aparece arrancada de un cuadro de vánitas. Esta locución latina, que señala lo efímero de las dignidades terrenales, parece provenir de una cita de la Imitación de Cristo del ascético Tomás de Kempis (1380-1471): "O quam cito transit gloria mundi" (1, 3, 6), que no deja de ser glosa de I Carta de San Juan: "Mundus transit et conscupicentia ejus" (2, 17).
Junto a la fórmula Habemus papam, es una de las más conocidas locuciones referentes al nombramiento de un nuevo Sumo Pontífice. Era la advertencia que el maestro de ceremonias papal iba repitiendo en el traslado de todo neopapa en silla gestatoria para su ceremonia de coronación a San Pedro desde la sacristía; en tres paradas repetía de rodillas: "Sancte Pater, sic transit gloria mundi", mientras era agitado un brasero, conteniendo un pedazo de estopa ardiendo (caeremonia combustionis stipulae). 

Se sabe fehacientemente que ya fue realizada esta ceremonia el diecinueve de diciembre de 1406 en la toma de posesión del Papa Gregorio XII y parece remontar al periodo aviñonense. Así se recordaba al Papa-Rey que no debía ser seducido por la gloria del mundo. En 1963, en la coronación del Beato Juan XXIII fue la última vez que se celebró este rito:

Ya además yacen empolvados en las vitrinas todos aquellos ornamentos de gloria regia mundana que rodeaban al Papa: tiara, silla gestatoria, flabelos, trompetas de plata..., lo que no hace preciso por pleonástico dicho recordatorio.

jueves, 16 de febrero de 2012

La cátedra de San Pedro en Roma



La fiesta de la Cátedra de San Pedro aparece atestiguada ya en la Depositio Martyrum del Cronógrafo del 354, el más antiguo calendario romano, con lo que se le supone una memoria antiquísima de la Iglesia Romana. 
En el Misal Romano de 1962 tenemos dos fiestas de la Cátedra de San Pedro: la Cátedra de Roma (dieciocho de enero) y la de Antioquía (veintidós de febrero). Ambas celebraciones se han fundido en esta última fecha en el calendario del uso ordinario del rito romano.
La cátedra o sede representa el desempeño del episcopado, que tiene, como sabemos, una de sus funciones la de enseñar al Pueblo de Dios así como la de regirlo y santificarlo. En este caso se celebra de una manera especial el primado petrino.
El motivo de celebrarse ese día es que en Roma el año empezaba en marzo. Con febrero, pues, acababa el año. Los últimos días de ese mes, los romanos se consagraban al recuerdo de los difuntos. La fiesta de la Cátedra de San Pedro enlaza, por tanto, con el culto que los cristianos tributaban en el presente día a sus padres en la fe junto a las tumbas de Pedro en el Vaticano y de Pablo en la Via Ostiense. 





Desde la Edad Media se vincula esta fiesta a la veneración de una cátedra, considerada entonces, al menos en parte, reliquia de los tiempos apostólicos, que ha llegado a nuestros días envuelta entre la tradición y la leyenda. Lo cierto es que es de estilo prerrománico, muy semejante a otras del periodo bizantino. Es el trono en el que Carlos el Calvo, nieto de Carlomagno, fue coronado emperador el día de Navidad del año 875, y que regaló al Papa Juan VIII.
La madera original de acacia del primitivo mueble ha sido embutida en otra estructura de roble. Con el tiempo se le fueron añadiendo refuerzos de hierro y unas argollas para facilitar su transporte, porque estuvo en uso durante siglos, como un elemento del mobiliario litúrgico para las ceremonias papales más solemnes. Está adornada con placas de marfil grabado. 

Durante las obras de enriquecimiento y decoración del interior de San Pedro encargadas por el Papa Urbano VIII Barberini al gran Gian Lorenzo Bernini, el papa decidió en 1656 reservar definitivamente la reliquia para su sola exposición-veneración, y el exuberante genio del barroco diseñó en 1661 el Altar de la Cátedra, una imponente máchina de bronces, mármol y estuco que centra el ábside de la Basílica Vaticana con su fastuoso rompimiento de gloria. 

El diecisiete de enero de 1666 fue colocada ceremonialmente la cátedra en el altar. El espectáculo visual, al tiempo que emocional, es inigualable e insuperable. 


La última vez que fue extraída del estuche que ocupa en el altar berniniano fue durante un período de seis años, entre 1968 y 1974. Los análisis efectuados en aquella ocasión confirmaban a que se trataba de una sola silla cuyas partes más antiguas eran del siglo VI. Lo que se había tomado por una segunda silla era en realidad una cubierta que servía tanto para proteger el trono como para llevarlo en procesión. 

Pero lo material estético es sólo un trasunto representativo de la doctrina y la fe que se enseña y confiesa. Durante las imponentes y majestuosas misas papales, el Papa se sentaba debajo justamente de la Gloria de la Cátedra. El Papa tenía por encima la Cátedra Petrina, fundamento del primado romano, y sobre ésta lucía el resplandor del Espíritu Santo, bañando con su luz dorada  desde el fondo a toda la Basílica. 
Por encima de la cátedra están dos ángeles tenantes con la tiara y las llaves, emblemas de la autoridad suprema del Romano Pontífice. Sobre la silla encontramos tres bajorrelieves dorados con los siguientes episodios evangélicos: la entrega de las llaves, en mandato de apacentar las ovejas y el lavatorio de los pies.
Como un auto sacramental romano, éste supremo magisterio pontificio hunde sus raíces en los Santos Padres de la Iglesia, que se alzan, ilusoriamente ingrávidos por nubes de bronce, sobre la base del altar de mármol blanco y negro de Aquitania y jaspe rojo de Sicilia. Sobre ella se alzan los reseñados Padres de la Iglesiarepresentados por cuatro colosales figuras de bronce de cinco metros de altura, dos de Oriente (Juan Crisóstomo y Atanasio) y dos de Occidente (Ambrosio y Agustín), que, por eso, sostienen la Silla de Pedro. Eclesiología en imagen.



Todos los años en esta fría fecha, este altar monumental que acoge la Cátedra de San Pedro permanece iluminado todo el día con docenas de velas y se celebran numerosas misas desde la mañana hasta el atardecer, teniendo como culmen la misa del Capítulo de San Pedro.

viernes, 10 de febrero de 2012

Sant'Agata dei Goti




La Iglesia de Sant’Agata dei Goti, en Via Mazzarino 16 (00184 Roma), lugar subsidiario de culto de la Parroquia de Santa María ai Monti (Settore Centro, Prefettura IV, Municipio 1º), está confiada desde 1926 a la Congregación de las Santísimas llagas de Nuestro Señor Jesucristo (Stimmatini, C.S.S.). Tiene una entrada secundaria por Via Panisperna.

Es Diaconía cardenalicia, ocupada por Raymond Leo Burke, Prefecto del Tribunal Supremo de la Signatura Apostólica, desde el 2010. Este título cardenalicio de Sant'Agata dei Goti fue erigido en la Región VI de Roma por el Papa León III con el nombre de Sant'Agata in Diaconia (o del Caval di Marmo, in Equo Marmoreo, de Caballo, por su ubicación en el declive del Monte Cavallo, antigua denominación del Quirinal, hacia la Suburra).

Está situada en una zona que en la Edad Media se llamaba Vicus Corneliorum. En los documentos medievales es recordada también como Sant’Agata in Suburra, Sant’Agata in Monasterio, Sant’Agata super Suburra.

La iglesia debe su actual denominación al hecho de que en el siglo V era la iglesia de los godos arrianos establecidos en Roma. No se conoce la fecha de su erección; los primeros testimonios históricos se remontan a los años 467-470, en que Recimero, comandante de las milicias imperiales, manda ejecutar en el ábside de la iglesia un mosaico con el Salvador rodeado de sus doce apóstoles.
Lo sabemos gracias a una inscripción (Fl. Ricimer. v. i. magister utriusque militiae patricius et excons. ord. pro voto suo adornavit), referente al mosaico, pues, aunque destruido en el siglo XVI, del mosaico y de la inscripción conservamos un diseño coloreado del XVI en la biblioteca Apostólica Vaticana, obra de Francesco Penna.
Desterrada definitivamente la herejía arriana en la primera mitad del siglo VI, la iglesia sufrió abandono, hasta que el Papa San Gregorio I Magno (590-604) en el 592 la reabrió al culto católico dedicándola a los Santos Sebastián y Águeda, y la hizo decorar con algunos frescos o mosaicos conmemorativos. Según la leyenda, esto no ocurrió sin resistencia del diablo.
El Papa San León III (795-816) promovió trabajos de remozamiento y enriqueció el ajuar de la iglesia, lo que también hizo su sucesor San León IV (847-855).
En los siglos XI y XII sabemos que la iglesia formaba parte de un cenobio benedictino. En el 1039 el Cardenal Giovanni Crescenzi, Obispo de Palestrina, sepultado después en esta iglesia, consagró un altar aquí (no se sabe si el mayor o el de Santa Águeda) en presencia de importantes miembros de su familia. En el 1048, con ocasión de su profesión monástica, Gregorio Crescenzi hizo colocar reliquias de mártires bajo el altar mayor. Veinte años después, en el 1160, el Antipapa Víctor IV (Ottaviano de Monticello) recibió la obediencia de los monjes de Sant’Agata.
En el siglo XIII aparece ya oficiada por el clero secular, sin noticias de la comunidad benedictina. De esta época conservamos restos de un campanario románico.
En 1461 el Papa Pío II confió la iglesia al Cardenal Francesco Gonzaga, que la dotó de un pavimento cosmatesco (del que quedan restos en la calle central).
entre los años 1500 y 1530, los Cardenales Ludovico Podogataro, Ercole Rangoni, Pirro Gonzaga, Nicolò Ridolfi mandan realizar obras en la iglesia y en los edificios anejos. En 1566 el Cardenal Giovanni Battista Cicala reconstruyó el claustro de entrada.
Dos años después, en 1568, suprimida como parrocchia (de la que se ignora la fecha de erección), la iglesia fue confiada a los Umiliati, orden religiosa que fue suprimida algunos años después por el Papa. En el 1579 fue concedida, con sus edificios adyacentes, por el Papa Gregorio XIII a los Monjes de Montevergine, que en 1600 se convirtió en abadía.
En 1589, al derrumbarse el ábside, el Cardenal Federico Borromeo lo hizo reconstruir, y el Cardenal Carlo de Lorena lo mandó decorar al fresco en 1599. En 1633 el Cardenal Francesco Barberini encargó el artesonado y las pinturas de la nave central. En 1636 el Cardenal Antonio Barberini reconstruyó el altar mayor y el de Santa Águeda entre otras obras de restauración y a él se debe la decoración general de estuco.
En 1703 viene completado el órgano hecho construir por el Cardenal Carlo Bichi. 

En 1729 los monjes de Montevergine reedificaron desde cimientos el monastero adyacente a la iglesia, cuya fachada fue diseñada por Francesco Ferrari.
En 1809 los monjes de Montevergine dejaron iglesia y monasterio, que pasó a ser escuela de las Maestras Pias Filipenses en 1820 y desde 1836 sede del Colegio Irlandés por deseo de Gregorio XVI, hasta 1926. El Cardenal Paul Cullen, exrector de este colegio, diseñó la iglesia del Holy Cross College en Clonliffe, Dublín, teniendo ésta como modelo.
En 1838 el Cardenal Juan Francisco Marco y Catalán promovió labores de restauración. El Cardenal Giacomo Antonelli, Secretario de Estado del Papa Beato Pío IX, titular de esta iglesia, en la que mandó construir la tumba familiar, renovó el altar mayor.
Entre 1925 y 1933, para ampliar el Palazzo della Banca d’Italia se derribó el monasterio anejo y se trasladó el Colegio Irlandés. La iglesia, como ya hemos comentado, fue encomendada por el Papa Pío XI a la Congregación de las Sagradas Llagas de Jesucristo, y el edificio adyacente se convirtió en sede del govierno central de la Congregación. El Cardenal titular Gaetano Bisleti realizó el reconocimiento de las reliquias de los Santos Mártires Griegos e hizo reconstruir el baldaquino del altar mayor, recuperando material medieval que había sido aprovechado en el claustro de entrada.
La fachada, construida por Francesco Ferrari (1729), está compuesta de un solo cuerpo delimitado por pilastras pareadas corintias que descansan sobre un plinto y soportan un arquitrabe rematado en tímpano rectangular, en cuyo centro encontramos un querubín de estuco, con dos volutas en sus extremos. 
Sobre la portada adintelada encontramos un tondo de estuco con la santa titular entre dos querubines. Sobre él, palmas y corona, emblema de la victoria del martirio.
Da acceso a un claustro, que es un auténtico museo lapidario. En el centro, un pozo con el escudo de los Médicis, construido seguramente con ocasión de la visita del Papa Clemente VII al Cardenal Nicolo Ridolfi, su nipote, el siete de octubre de 1530.
El interior de planta basilical, permanece inalterado desde el siglo V. En el exterior se puede observar el aspecto de la construcción primitiva en el ábside y en el lateral derecho, en el que se abren pequeñas ventanas románicas.

Doce columnas jónicas con fuste de granito, cuatro de las cuales están embutidas en muro desde el siglo XVII, sostienen catorce arcos (cuatro posteriormente cegados). Los capiteles son los antiguos de piedra revestidos de estuco.

Sobre las arcadas encontramos medallones de santos irlandeses de 1863 y lienzos, restaurados, atribuidos a Paolo Gismondi, llamado Paolo Perugino (Perugia 1612-Roma 1685) con escenas de la vida y martirio de Santa Águeda: Santa Águeda entre las hijas de Afrodisia; Santa Águeda rechaza adorar los ídolos; Martirio di Santa Águeda; San Pedro se aparece a Santa Águeda en la cárcel; Santa Águeda sobre la leña ardiente; Santa Águeda en el lecho de muerte. Los ventanales rectangulares fueron abiertos en el siglo XVII en las obras promovidas por los Cardenales Francesco y Antonio Barberini.
El artesonado de casetones es obra de Simone Laggi, probablemente bajo diseño de Domenico Castelli, que dirigió la decoración interior promovida por los Barberini (1633). El modesto pavimento moderno conserva restos del antiguo cosmatesco del siglo XV.

El presbiterio fue discutiblemente restaurado entre 1931 y 1933. El ábside desentona por los fingidos mármoles decimonónicos que alteran las líneas barrocas del conjunto.
En la luneta del ábside, fresco del siglo XVII con la gloria de Santa Águeda de G. D. Cerrini o de Paolo Gismondi, que sustituyó al mosaico de Recimero y al fresco del martirio de la santa de G. Rocca de 1599, ambos destruidos.


El altar mayor está constituido por un baldaquino formado con cuatro columnas antiguas y elementos originales cosmatescos del siglo XII, que se conservaban en el pórtico, restituido en 1932 a expensas de la Banca d’Italia. Del altar de los Barberini se conserva en el pórtico el frontal con su escudo. 
Bajo el altar están las reliquias de los santos mártires griegos Hipólito, Adria, Neón y María.

En la cabecera de la nave del evangelio hallamos la Capilla de San Gaspar Bertoni (Verona 1777-1853), fundador de la Congregación de las Sagradas Llagas di Jesucristo, que presenta a los Santos Esposos María y José, patronos de la Congregación. El altar tiene un artístico frontal con pesebre en mármol.
En la cabecera de la nave de la epístola está el altar de Santa Águeda, erigido por el Cardenal L. Podacataro (1504), que colocó allí las reliquias de las Santas Paulina, Dominanda y compañeras, mártires. Fue rehecho por el Cardenal Barberini en 1636. La imagen lígnea de la santa es obra anónima del siglo XVIII.
La imagen lígnea de la santa es obra anónima del siglo XVIII.
En la iglesia se celebra de una manera particular el dos de diciembre la fiesta de los mártires griegos cuyas reliquias se conservan aquí, generalmente con una misa vespertina en rito católico oriental, el cinco de febrero la de Santa Águeda y el doce de junio la de San Gaspar Bertoni.

Chiesa di Sant'Agata in Trastevere


Esta capilla está situada en el número 9 del Largo San Giovanni de Matha (00153 Roma), frente a la puerta lateral de la nave de la epístola de la Basílica Parroquial de San Crisógono. Es uno de los numerosos oratorios todavía hoy existentes en el Trastevere, que prácticamente todos recibieron un remozamiento barroco entre los siglos XVII y XVIII. 

De origen incierto, esta antigua iglesia, con un monasterio anejo, se dice, según una tradición fundamentada en el Liber Pontificalis, que fue fundada por el Papa Gregorio II (715-731) sobre su casa, en el 716, tras la muerte de su madre. Una lápida en el corredor que conduce a la sacristía lo corrobora. También se la encuentra llamada Sant’Agata ad Colles Jacentes, por encontrarse al pie del Gianicolo. De cualquier manera, está atestiguada su existencia segura a partir de 1121, por una Bula del Papa Calixto II.
En 1575 el Papa Gregorio XIII la concedió a la Archicofradía de la Compañía de la Doctrina Cristiana, que había sido fundada en 1560 por Marco de Sadis Cusani, cuyos cofrades enseñaban a los niños pobres la doctrina cristiana, que recibieron el sobrenombre de Agatisti por ésta su residencia. En 1725 éstos se unieron a la congregación de los  Dottrinari de César de Bus.
Con Benedetto XIV, en 1710, la iglesia fue enteramente restaurada por Giacomo Onorato Recalcati (1684-1723). Constituye uno de los mejores ejemplos del gusto dieciochesco; puesto que no presenta características particularmente suntuosas y espectaculares, representa bien el tono medio de la arquitectura religiosa de la época.

La fachada fue completamente reconstruida durante la obras llevadas a cabo por Recalcati, que inspiró sus airosas formas tardobarrocas en los diseños de Borromini. Se estructura en dos pisos separados por un arquitrabe con una inscripción. La portada remata en un tímpano curvo. El cuerpo superior tiene un gran ventanal.
La iglesia tiene una sola nave rectangular articulada por pilastras corintias y tres capillas a cada lado. La bóveda de medio punto fue decorada por Girolamo Troppa, con la Asunción en el centro y ángeles en torno a ella. El mismo artista hizo los frescos del ábside. 
Fue restaurada de nuevo por mandato del Papa Pío VII entre 1820 y 1821. En 1911 fue encomendada a la Archicofradía del Santísimo Sacramento y Nuestra Señora del Carmelo, que todavía hoy regenta la iglesia, que ahí llevó su imagen de la Virgen del Carmelo, popularmente llamada Madonna de Noantri por los fieles trastiverinos. 

La última restauración del edificio sacro fue ejecutada en 1984.
En honor de esta imagen mariana, de madera encarnada para vestir, se celebra la tradicional Festa de Noantri, la propia del Trastevere, con luminarias y tenderetes. El día más importante es el dieciséis de julio, con la procesión de la Virgen, que sale de Sant’Agata y entra en San Crisógono, donde se celebra la función, y vuelve el rosario de la aurora el lunes siguiente a Sant’Agata. El baldaquino procesional parte de un diseño de uno de los arquitectos que también diseñó la Basílica de Santa Cruz en Jerusalén, Domenico Gregorini.

Otras fiestas celebradas especialmente en la capilla son la de la Dedicación de la iglesia el cuatro de febrero; la de Santa Águeda, el cinco del citado mes; la de San Gregorio II, el trece del dicho; la Natividad de la Virgen, el ocho de septiembre, y la Inmaculada Concepción, el ocho de diciembre.
Entrando en la capilla, sobre el altar mayor se ubica el Martirio de Santa Águeda, obra de Biagio Puccini de 1713.

La primera capilla de la derecha alberga una pintura dieciochesca de San Miguel Arcángel, y otra del Papa San Pío X de Giuseppe Bevilacqua, hecho por encargo de la archicofradía en agradecimiento al papa que le cedió la capilla.
En la tercera capilla de la derecha está una pintura de Nuestra Señora del Rosario con Santo Domingo y Santa Catalina de Siena, obra del ya citado Biagio Puccini.
La Madonna del Carmine, también llamada Madonna de Noantri, la patrona del barrio, está actualmente ubicada en la segunda capilla de la izquierda; antes estaba en la segunda de la derecha.
En la tercera capilla de la izquierda hay otra obra pictórica de Biagio Puccini, la Crucifixión.
En el centro de la iglesia está enterrado Domenico Guidi, el maestro de obras que asistió a Recalcati en su reedificación dieciochesca, que murió en 1728.
 Por último, en el patio trasero a la capilla se conservan restos de muros del siglo V, quizá parte de una casa privada o de un monasterio, mientras que restos de un edificio medieval son visibles en el lateral de ella.

martes, 7 de febrero de 2012

Roma nevada

La nieve no forma parte del paisaje habitual de la Caput Mundi, pero no, por inusitado,parece fuera de lugar. Así Roma ha recibido a la entrada de Febrero la visita de este agente atmosférico poco habitual por estos lares.
Pero su blanco manto contribuye decisivamente a ofrecer una nueva perspectiva de la belleza de esta ciudad, presentando un aspecto casi fantasmagórico o atemporal.
El ruinoso pero soberbio Coliseo se presenta como purificado por la cándida nieve del renegrido aspecto con que lo ha revestido la la incuria de los tiempos.

La nieve cae sobre las piedras gastadas por los siglos de la Via Sacra que cruza el Foro, paralela a la moderna Via dei Fori Imperiali, capricho de Mussolini para comunicar el Palazzo Venezia y el Coliseo.
 De la Roma imperial pasamos a la Roma de los papas. Parece que el dorado travertino de la Plaza de San Pedro se ha contagiado del blanco puro de la sotana de los Sumos Pontífices.
 El obelisco de la regia Piazza del Popolo, que recibía acogedoramente a los huéspedes ilustres que arrivaban a la ciudad, parece amenazar al cielo que descarga abundantes copos de nieve.









domingo, 5 de febrero de 2012

San Eutiquio de Roma

En Roma, en las catacumbas de San Sebastián, en la vía Apia, el cuatro de febrero, según el Martirologio Romano, fue sepultado San Eutiquio, mártir, que durante mucho tiempo fue castigado con insomnio y hambre y, finalmente, arrojado a una profunda cavidad. Con su fe en Cristo venció la crueldad del tirano. El Papa San Dámaso honró su sepulcro escribiendo un epitafio en verso que se conserva intacto.
Actualmente sus restos reposan, juntos a los del dicho papa hispano, en el altar mayor de la Basílica romana de San Lorenzo in Damaso. Las reliquias de los dos santos fueron aquí depositadas por el Cardenal Alessandro Farnese el uno de septiembre de 1577.  

El hispano Dámaso fue un apasionado buscador de tumbas de mártires olvidados. Tal es el caso de los santos Proto y Jacinto, en la catacumba de San Hermes, en la vía Salaria, y  el de san Eutiquio, en las catacumbas de San Sebastián, después de cuyo hallazgo expresó la alegría de su descubrimiento con estas palabras: "Se busca, se encuentra, se le honra, y él protege y presta ayuda".
Estas palabras indican la intención no solo arqueológica de quien está preocupado por salvar del olvido todo lo que podía de la antigua Roma cristiana, sino también de ofrecer a la piedad popular modelos de vida, en un tiempo en el que los mártires, como héroes de la fe, ya no eran contemporáneos de la nueva cristiandad.
En el cementerio de la Via Appia las fuentes antiguas documentan la presencia de tres mártires: Sebastián, Quirino y Eutiquio, nombres citados en un catálogo del siglo VII llamado Notula oleorum, mientras que los itinerarios para peregrinos de la Alta Edad Media no citan a Eutiquio, porque su sepultura era de difícil acceso. Poco se sabe de Eutiquio a no ser el hecho cierto de su tumba, descubierta durante las excavaciones arqueológicas del siglo XIX en una zona de corrimiento de tierras de la catacumba, y el poema damasiano, hecho grabar a Furio Dionisio Filocalo, hoy expuesto a la entrada de la Basílica de San Sebastián.

La insigne basílica citada fue levantada a la memoria del gran mártir diácono Lorenzo por el Papa San Dámaso (366-384), junto al Teatro de Pompeyo, engrandeciendo un antiguo titulus, y edificando anexo un palacio cardenalicio para archivo de la Iglesia. Fue restaurada por los Papas Adriano I, que trasladó los restos de San Dámaso a este templo, en el siglo VIII y León III en el IX.
En 1486 el Cardenal Raffaele Riario (1460-1521), al levantar el nuevo Palazzo della Cancelleria, la reedificó ex novo en pocos años; el Cardenal Alexandro Farnese la dotó de artesonado a la nave central y el Cardenal Francesco Barberini la redecoró.
Reducida a corte de justicia durante la ocupación francesa en 1798 y en sede de la corte imperial en 1813, fue restaurada por Valadier y reabierta al regreso del Papa Pío VII. En 1868 Virginio Vespignani dirigió labores de puesta a punto y redecoración decimonónica. En el 1939 un incendio destruyó el artesonado, y hasta el 1945 se efectuaron obras de consolidación y restauración, en las que la iglesia adquirió su aspecto actual.