Ésta se vio abonada con la sangre de los mártires,
hombres y mujeres, que, fortalecidos por su fe, afrontaban crueles torturas y
la muerte, que le infligían unos gobernantes intolerantes su religiosidad y su
forma de vida.
Algunos de estos mártires, por su valentía ante
la muerte o por haber sufrido los peores tormentos por la causa de Cristo,
adquirieron gran importancia para la comunidad cristiana y alcanzaron una gran
devoción.
San Lorenzo, como ya hemos dicho, fue uno de
estos últimos. Su posición en la jerarquía eclesiástica (no olvidemos que era
el diácono arcediano, esto es, la mano
derecha del Papa), su categoría humana que se vislumbra en los diálogos
martiriales atribuidos a san Lorenzo, su talla espiritual y su celo y caridad a
favor de los más pobres y necesitados, al tiempo que su fortaleza en cruel
martirio, hicieron de él un auténtico modelo para la cristiandad de la época.
Nació San Lorenzo en la primera mitad del siglo
III. En la Pasión de Policronio se
atribuye a San Lorenzo origen hispano. Huesca desde una antigüedad remota ha reclamado
ser la patria de tan insigne mártir. Esta
tradición dice que los padres de san Lorenzo se llamaban Orencio y Paciencia
(ambos inscritos también en el Martirologio
Romano); se dedicaban a la agricultura y tenían dos casas: una situada en
la ciudad, en el lugar que hoy ocupa la Basílica, y otra en las afueras, donde
se levantó la Ermita de Loreto.
En un viaje por Hispania del futuro Sixto II, antes de ser papa, se fijó
en los valores de San Lorenzo y se lo llevó a Roma con él. Al llegar a Roma, en el año 257, se encontraron con la muerte reciente
del Papa Esteban I y fue elegido para sucederle Sixto. Al distinguirse por la integridad de sus
costumbres, por su piedad y por su caridad, el ya Papa Sixto II lo ordenó de diácono.
Tras ordenarlo, lo nombró Arcediano de la Iglesia de Roma, con la misión de
custodiar y administrar los bienes de la Iglesia y atender a los enfermos, a los huérfanos y a las viudas.
Su pontificado
se inició poco después de que el Emperador Valeriano hubiera proclamado un edicto de persecución contra
los cristianos en el que prohibía su culto y
las reuniones memoriales en los cementerios. Los
últimos años del reinado de este Emperador fueron de una situación financiera
muy grave, con una inflación muy elevada y unos gastos militares elevadísimos.
Había que buscar recursos y pensaron en los “tesoros” de la Iglesia, por lo que
la persecución iba dirigida particularmente contra la jerarquía eclesiástica. San Lorenzo, consciente del peligro, vendió todos los bienes de la Iglesia y los repartió entre los pobres.
Según el Martirologio Romano,
el Papa Sixto fue detenido el seis de agosto mientras estaba celebrando misa en
las Catacumbas de San Calixto, muriendo mártir al
ser decapitado junto a sus Diáconos Januarius,
Vincentius, Magnus y Stephanus, que lo acompañaban en la celebración eucarística. Ese mismo día también sufrieron el martirio los
diáconos Felicísimo y Agapito.
Lorenzo fue dejado para conseguir de él que entregara
los tesoros de la Iglesia. Inmediatamente Lorenzo fue confiado a la custodia
del centurión Hipólito, que lo recluyó en un sótano de su casa. En este lugar
oscuro, húmedo y estrecho se encontraba apresado también un cierto Lucilo,
ciego. Lorenzo confortó a su compañero de prisión, lo animó, lo adoctrinó en el
cristianismo y, sirviéndose de una manantial de agua que brotaba del suelo, lo
bautizó. Después del bautismo Lucilo recuperó la vista.
El centurión Hipólito visitaba a menudo a los
encarcelados, y habiendo constatado el hecho prodigioso, impresionado por la
serenidad y mansedumbre de los presos, e iluminado por la gracia de Dios, se
convirtió al cristianismo recibiendo el bautismo de Lorenzo. Inmediatamente
Hipólito, reconocido cristiano, fue atado a la cola de unos caballos y arrastrado
sobre rocas y zarzas hasta su muerte.
Se cuenta que interpelado en referencia a los tesoros de la Iglesia por el
mismo Emperador, Lorenzo lo condujo ante los pobres y enfermos y le dijo: “Éstos son los tesoros de la Iglesia”. Esto causó
una gran rabia en Valeriano, que ordenó fuese torturado cruelmente. Según el
papa Inocencio III, los diez tormentos con que fue martirizado san Lorenzo
fueron: cárcel, heridas de escorpiones, atadura de cadenas, golpes de palos,
quemaduras con láminas incandescentes, azotes con látigos emplomados, el potro, heridas con piedras, horcas y la parrilla en el
fuego, que es el que más se conoce y con el que habitualmente se representa,
pues fue el último, que sufrió en un lugar cercano a la prisión. Otro detalle,
con palabras del poeta Prudencio, que nos habla de su fortaleza humana: cuando
estaba siendo quemado vivo dijo a su verdugo: “Ya estoy asado por este lado; da la vuelta y come”.
Su cuerpo fue llevado al Campo Verano, a las Catacumbas
de Santa Ciriaca. El martirio de San Lorenzo se fecha en el Martirologio Romano el diez de agosto
del 258.
Por todo esto, Lorenzo se convirtió en uno de los
personajes más conocidos del paleocristianismo romano y uno de los mártires más
venerados en la Urbe, lo que hizo que su memoria fuera recordada en muchas
iglesias y capillas levantadas en su honor en el transcurso de los siglos. Tanto es así que pasados unos pocos años, Constantino mandó edificar, en
su honor, en el lugar del enterramiento, una basílica martirial que se ha
convertido en uno de los lugares más importantes de Roma. La fama de san
Lorenzo se extendió rápidamente por todo el orbe cristiano.
Particularmente para recordar los acontecimientos de
su vida se erigieron en Roma tres iglesias: San Lorenzo in Fonte (lugar de la
prisión), San Lorenzo in Panisperna (lugar del martirio) y San Lorenzo al Verano
(lugar de su sepultura). En otra entrada propondremos un itinerario a modo de peregrinación devocional que nos rememora el camino de su martirio.
A éstas se sumaron muchas hasta llegar en Roma a la
treintena, de las que subsisten siete dedicadas al compatrono de Roma. En el
2008 la Iglesia recordó con un solemne Jubileo el 1750 aniversario de su
martirio.
Las ilustraciones las hemos tomado de las escenas que componen la decoración pictórica de la Capella Nicolina vaticana, encomendada al Beato Angélico, quien la realizó entre los años 1447 y 1451, en plena madurez de su carrera artística. Ésta había sido construida bajo el pontificado de Nicolás V (1447-1455)
en el segundo piso del palacio papal.
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| Peter Paulus Rubens, Nicolás V, Museo Plantin-Moretus |
El pintor pintó en ella al fresco la vida de los santos Esteban y Lorenzo; las escenas de la vida de san Esteban en el registro superior, y en el inferior la vida de san Lorenzo.
Las divisiones las hizo mediante elementos arquitectónicos netamente clásicos con arcos de medio punto y colores pasteles. Exhibe un gran naturalismo al tiempo que los tejidos de las vestiduras fueron ricamente trabajados. Además, también representó a ocho Padres de la Iglesia (griega y latina) y a los cuatro evangelistas en la bóveda.






