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domingo, 5 de febrero de 2012

San Eutiquio de Roma

En Roma, en las catacumbas de San Sebastián, en la vía Apia, el cuatro de febrero, según el Martirologio Romano, fue sepultado San Eutiquio, mártir, que durante mucho tiempo fue castigado con insomnio y hambre y, finalmente, arrojado a una profunda cavidad. Con su fe en Cristo venció la crueldad del tirano. El Papa San Dámaso honró su sepulcro escribiendo un epitafio en verso que se conserva intacto.
Actualmente sus restos reposan, juntos a los del dicho papa hispano, en el altar mayor de la Basílica romana de San Lorenzo in Damaso. Las reliquias de los dos santos fueron aquí depositadas por el Cardenal Alessandro Farnese el uno de septiembre de 1577.  

El hispano Dámaso fue un apasionado buscador de tumbas de mártires olvidados. Tal es el caso de los santos Proto y Jacinto, en la catacumba de San Hermes, en la vía Salaria, y  el de san Eutiquio, en las catacumbas de San Sebastián, después de cuyo hallazgo expresó la alegría de su descubrimiento con estas palabras: "Se busca, se encuentra, se le honra, y él protege y presta ayuda".
Estas palabras indican la intención no solo arqueológica de quien está preocupado por salvar del olvido todo lo que podía de la antigua Roma cristiana, sino también de ofrecer a la piedad popular modelos de vida, en un tiempo en el que los mártires, como héroes de la fe, ya no eran contemporáneos de la nueva cristiandad.
En el cementerio de la Via Appia las fuentes antiguas documentan la presencia de tres mártires: Sebastián, Quirino y Eutiquio, nombres citados en un catálogo del siglo VII llamado Notula oleorum, mientras que los itinerarios para peregrinos de la Alta Edad Media no citan a Eutiquio, porque su sepultura era de difícil acceso. Poco se sabe de Eutiquio a no ser el hecho cierto de su tumba, descubierta durante las excavaciones arqueológicas del siglo XIX en una zona de corrimiento de tierras de la catacumba, y el poema damasiano, hecho grabar a Furio Dionisio Filocalo, hoy expuesto a la entrada de la Basílica de San Sebastián.

La insigne basílica citada fue levantada a la memoria del gran mártir diácono Lorenzo por el Papa San Dámaso (366-384), junto al Teatro de Pompeyo, engrandeciendo un antiguo titulus, y edificando anexo un palacio cardenalicio para archivo de la Iglesia. Fue restaurada por los Papas Adriano I, que trasladó los restos de San Dámaso a este templo, en el siglo VIII y León III en el IX.
En 1486 el Cardenal Raffaele Riario (1460-1521), al levantar el nuevo Palazzo della Cancelleria, la reedificó ex novo en pocos años; el Cardenal Alexandro Farnese la dotó de artesonado a la nave central y el Cardenal Francesco Barberini la redecoró.
Reducida a corte de justicia durante la ocupación francesa en 1798 y en sede de la corte imperial en 1813, fue restaurada por Valadier y reabierta al regreso del Papa Pío VII. En 1868 Virginio Vespignani dirigió labores de puesta a punto y redecoración decimonónica. En el 1939 un incendio destruyó el artesonado, y hasta el 1945 se efectuaron obras de consolidación y restauración, en las que la iglesia adquirió su aspecto actual.