
Volvemos de nuevo al Rione Prati, en concreto, al Lungotevere Prati, 12, 00193 Roma, para acercarnos a la Chiesa del Sacro Cuore del Suffragio (teléfono 06.6865261). Reflejándose sobre las aguas del Tíber, cerca del Vaticano, al lado del Palacio de Justicia, llama la atención de los visitantes por su estilo ajeno a la estética romana. Fue levantada en estilo neogótico, del que es el más famoso ejemplo de la Ciudad Eterna, entre el 1912 y el 1917 –el veintiocho de octubre de dicho año fue su apertura oficial-, por el ingeniero Giuseppe Gualandi, nacido en Bolonia en 1870, que dirigió la obra hasta en sus más mínimos pormenores, empequeñecida por la mole vecina del Palazzo di Giustizia, hasta el punto de parecer una catedral francesa o alemana a escala. La elección del estilo arquitectónico se debe por un lado a las preferencias del fundador y por otro al afán por aprovechar al máximo el espacio.Esta iglesia fue concebida por el sacerdote francés de Marsella Viktor Jouet, Misionero del Sagrado Corazón, que había fundado la Pia Associazione dei suffragi per le anime del Purgatorio en 1890, conocida como Pia Opera del Suffragio, y que no pudo ver su terminación, por morir en 1912. Ésta fue reconocida canónicamente por San Pío X Sarto el veinte de enero de 1913, por la letra apostólica Cum nobis y elevada a archicofradía. Fiel a su fin fundacional, no se celebran misas por fallecidos individuales, sino que reza por el alma de todos. 
Fue erigida en cabeza de parroquia con el mismo título por Benedicto XV della Chiesa el diez de diciembre de 1917 por la letra apostólica Apostolicis litteris, y confiada a los sacerdotes de la provincia italiana de los Misioneros del Sagrado Corazón, que a la sazón la rigen. Su collación fue detraída de la de la Parrocchia di S. Maria in Traspontina. El reconocimiento a efectos civiles fue decretado el treinta de noviembre de 1920. El inmueble es propiedad de la Santa Sede.
Pese a de su blancor aparentemente marmóreo, está construida íntegramente en cemento armado. Sí, no está construida ni con travertino combinado con ladrillo, ni con piedras calcáreas, como las grandes catedrales transalpinas, sino en el muy económico cemento. Es quizá la única innovación del edificio. Esto ha provocado la necesidad de numerosas intervenciones de restauración para reparar los daños de agentes degradantes.
Ni las b
andas horizontales verde claro ni las columnillas rojas de las portadas avivan mucho la fachada de color ceniciento, aunque la homogeneidad de dicho color contribuye a proporcionar gran armonía al conjunto. Manifiesta un acentuado verticalismo (20 m. de altura, por 39 de longitud y 20 de anchura). La fachada se caracteriza por la presencia de muchos pináculos que recuerdan la catedral milanesa, por lo que nuestra iglesia recibe el sobrenombre de Pequeño Duomo de Milán.
Es ejemplo purista nórdico, sin aportaciones de elementos del gusto itálico. Está dominada por una gran portada ojival central, coronada por un rico rosetón, flanqueada por dos laterales más pequeñas. Se manifiesta en ellas un triunfo de los elementos decorativos, hornacinas y ménsulas con estatuas, y pináculos que desafían al cielo, intercalados entre decorados arcos apuntados.
Los tres ingresos están dotados de tímpanos en relieve sostenidos por columnillas de mármol rojo, que se someten a la misma lógica de una elección que prevé la repetición servil de elementos arquitectónicos del pasado, acorde con la moda imperante entonces del revivalismo.

El interior está distribuido en tres naves separadas por altísimos arcos ojivales, que concierta en todo con la fachada exterior. Descansan sobre pilares fasciculados y sustentan las bó
vedas de crucería. Un sabio uso de la luz, consecuente con los ejemplos del siglo XIV, proporciona un ambiente con una iluminación uniforme, que crea una atmósfera que invita al recogimiento.
Los ventanales de la fachada y del ábside, que se unen a los de sus muros, recubiertos de vidrieras polícromas, crean sugestivos efectos de luz y sombra que matizan los excesos decorativos polícromos del mármol y del alabastro de las columnillas y balaustres, focalizando la visión en el gran tríptico absidal. Es obra de los pintores Giuseppe y Alessandro Catani en tablas doradas. Se representa Il Sacro Cuore e le anime sante, plasmación de la doctrina católica del purgatorio, como lo definió Benedicto XV della Chiesa. Por el interior se distribuyen pinturas, trípticos y altares acordes con la abundancia decorativa general.

Pero hagamos un poco de historia, que es muy sugerente, por cierto. Hay que remontarse al último tercio del siglo XIX, cuando una de las familias que vivían cerca del río, levantó un pequeño altar en un huerto, en conmemoración a los numerosos restos humanos que se encontraban enterrados en esta ribera. El altar estaba rematado por un cuadro de la Madonna del Rosario, y, se supone, que a causa de las llamas de los cirios que lo iluminaban se desató un incendio en el que ardió el lienzo y el muro donde estaba apoyado.
Y sobre ese muro quemado apareció un rostro de hombre doliente, de expresión triste y melancólica, por lo que la familia llamó rápidamente a un sacerdote, el padre Vittore Joüet, misionero francés del Sagrado Corazón, que decidió construir sobre el lugar una iglesia de estilo neoclásico en 1893. Este hecho, por tanto, está en el origen de la iglesia y de su nombre.
El sorprendente hallazgo de la cara del hombre que fue considerada un alma del purgatorio de los allí enterrados, incitó al padre Jouet, un enamorado de las almas del purgatorio, que creyó profundamente en la autenticidad de la aparición, a buscar más testimonios de señales que enviaban las ánimas del más allá a los vivos, generalmente, amigos y familiares del finado para ayudarles a salir del purgatorio y entrar en el reino de los cielos. El hecho creó fuertes discusiones, y tuvo que intervenir la autoridad eclesiástica, que ni aprobó ni condenó la aparición. El trozo de pared quemada con la presunta imagen del alma del purgatorio con rostro humano forma parte hoy del museo.
Desde aquel momento, el Padre Jouet no se concedió reposo, y empezó a recorrer media Europa –Italia, Francia, Alemania, Bégica- para recoger testimonios, en conventos y casas particulares, de la presencia visible de las almas del purgatorio. El religioso misionero de Marsella, creó, además, primero, una pequeña capilla dedicada a las almas purgantes, esperando poder más tarde levantar un verdadero santuario que habría de ser el templo actual.
Logró reunir un gran número de testimonios –documentos y pruebas- referentes a manifestaciones de ánimas del purgatorio: tablillas, tejidos, breviarios, biblias, fotos… sobre las cuales aparecen improntas que se atribuyen a los difuntos en estado purgante. Con todo ese material, único en el mundo, organizó lo que él había bautizado como Museo Cristiano d’Oltretumba en 1900, establecido primero en una casita del Lungotevere Prati. También fundó la revista Le Purgatoire.
Llenó después una habitación grande del actual convento anejo a la parroquia. Era él quien, tras haber construido la actual iglesia gótica, siguiendo su gusto francés, enseñaba a los miles de peregrinos su museo. Con tanto celo, que murió mientras explicaba a un grupo de turistas aquellos trozos de purgatorio.
A la muerte de Jouet en 1912, el Obispo Gilla Gremigni y el P. Ricasoli solicitaron a San Pío X que les permitiera destruir algunos casos dudosos de la colección, con lo que se hizo un primer expurgo en ella.
En 1920, el Padre Benedetti, tercer sucesor del fundador en la dirección de la obra, eliminó muchas de las piezas expuestas que no contaban con la suficiente documentación probativa, reduciéndolas a las que podemos examinar en la actualidad. Hoy estos elementos se conservan en un pequeño museo junto a la sacristía. Es ciertamente único en su género y para visitarlo basta con dirigirse a la sacristía en horario en que la iglesia está abierta (aproximadamente de 10 a 12,30 de la mañana y de 17 a 19 horas de la tarde).
No nos podemos resistir a comentar algunos de los testimonios recogidos, a caballo entre la Divina Comedia del Dante y las Narraciones Extraordinarias de Poe. El documento más antiguo son las marcas dejadas por la hermana Chiara Schoelers, fallecida durante la peste, el trece de octubre de 1637. La religiosa dejó sus huellas candentes sobre el grembiule (delantal) y una correa de granja de la hermana Margarida Herendorps (o Rerendorts), religiosa del monasterio benedictino de Vinnemberg (Wesfalia).
Treinta y tres años después, en 1670, el primer párroco de Hall, el padre Cristóbal Wallbach, muerto 63 años antes, dejó la huella de un dedo de fuego que perforó un libro de oraciones con pasta de madera, cubierta con piel de jabalí, hasta la página 81. De esa manera suplicaba se hicieran oraciones a su nombre para salir del purgatorio.
El uno de noviembre d
e 1731 la Venerable Madre Abadesa de las clarisas de San Francisco, de Todi Isabella Fornari recibió la visita de un alma en pena; era el padre Panzini, Abad olivetano de Mantua, con la misma petición. En este caso, dejó dos improntas de fuego sobre la túnica y sobre la camisa. Otras improntas fueron impresas por el religioso cuando pasó a mejor vida sobre un fajo de cartas y sobre una tablilla, en la que trabajaba la monja, sobre la que se observa la silueta de una cruz.
La manga de una camisa de un hombre de vida disipada se expone también en el museo de ultratumba, con la impresión de unos dedos. En este caso era la madre de Giusseppe Leleux, de Wodecq-But, Bélgica, la que se le apareció el veintiuno de enero de 1789, el año de la Revolución Francesa, papa recordarle desde el purgatorio la obligación de ofrecer misas por ella y le reprendía por
su vida de crápula, rogándole que cambiase de hábitos y que se dedicara a la Iglesia. Plasmó su mano sobre su camisa y Giusseppe se regeneró y fundó una Congregación. Murió en loor de santidad el diecinueve de abril de 1825.
En 1814, Margherità Demmerlè d'Erlingen, de Metz, recibió la visita de su suegra, muerta hacía treinta años, vestida con el traje típico de su país, que, bajando por la escalera del granero, le pidió que cumpliera una peregrinación al Santuario de Nuestra Señora de Marienthal y que encargara dos misas allí por ella. Tras haber satisfecho la súplica del espíritu, ella recibió la aparición de la suegra para agradecerle, y le dejó como recuerdo una huella de fuego sobre el vestido y posó la mano sobre el libro Imitación de Cristo, donde se aprecia la impresión quemada.
El veintiuno de diciembr
e de 1838, en Sarralbe, Lorena, mientras José Stitz estaba rezando con su devocionario en alemán, una mano se estampó sobre sus páginas. El protagonista del suceso declaró que sintió una presencia en la habitación, un soplo de aire helado y una voz: era la voz de su hermano Jorge, recientemente fallecido, al que había pertenecido el libro, que rogaba que le sufragara una misa para abreviar su estancia en el purgatorio.
Pasemos a otro. En la noche del cinco al seis de junio de 1864, Sor Margherita del Sacro Cuore tuvo una aparición. La religiosa estaba acostada en su cama cuando apareció una sombra que fue cobrando nitidez: era Sor Maria di San Luigi Gonzaga, hacía poco fallecida. Vestida con su hábito de clarisa, parecía desesperada. Explicó a nuestra protagonista que cuando estaba viva, había pecado gravemente, pues había deseado su muerte para sustraerse a los dolores de la enfermedad que la atormentaba; por esto, tenía que pasar veinte años en el purgatorio, y pedía sufragios para adelantar su paso al paraíso. Para convencer a Sor Margherita, el espíritu dejó una impronta de fuego sobre la funda de la almohada.
Se registra, así mismo, la aparición en 1875 de Luisa Senechal a su marido Luigi Senechal en la casa de ambos, en Ducey, Francia, para pedirle oraciones y dejándole como señal la huella de los cinco dedos sobre su gorro de noche.
También encontramos el capote militar, fuertemente afectado por el fuego, de un centinela italiano, que durante una guardia nocturna en 1932 en el Panteón, ante el cenotafio del Rey Umberto I -as
esinado en 1900-, cuyo espectro posó una mano de fuego sobre la espalda del soldado después de haberle confiado un mensaje para el Rey Vittorio Emanuele III.
Hay también un billete de diez liras que, al parecer, trajo del purgatorio un sacerdote difunto del monasterio de San Leonardo, en Montefalco, para que se dijeran misas por su alma. De estos billetes llegados de ultratumba, el sacerdote llegó a dejar hasta treinta.
Se trató de cerrar
el museo en tiempos de Pío X, pero este pontífice se opuso a esta medida. Éstas son algunos de los muchos testimonios de este tipo albergados en el interior del museo. Si admitimos que tales signos no son efecto de la casualidad o de un engaño deliberado, es evidente que no pueden más que estar producidos por el fuego espiritual purificador que atormenta a las ánimas del purgatorio; no se pueden explicar sino como un signo de su periodo de purificación en el estado intermedio del purgatorio. El museo, que viene incluso en algunas guías de la Ciudad Eterna, es frecuentado por gentes de Latinoamérica, Australia y Nueva Zelanda, porque allí emigraron romanos que contaron a sus descendientes la existencia del museo y sobre todo, la de la Congregación de Rezos para el Sufragio de las Almas del Purgatorio, muy concurrida en la Iglesia del Sacro Cuore hasta hace pocos años.
En contra de lo que se pudiera pensar, esta parroquia no sólo no ha sido nunca un centro de nostalgia medievalizante, crecido a la sombra del museo de ultratumba, sino que, al contrario, fue, en los tiempos difíciles del modernismo, un punto de referencia progresista, con figuras como Bonacorsi, Ceresi, Gillagremigni…, internacionalmente conocidas por su espíritu batallador y por la importante contribución bíblica y teológica que hicieron a la Iglesia. En aquella parroquia, cuyos religiosos estaban en contacto personal con el modernista Bonaiuti e intelectualmente con Loisy y Harnak, nació el primer catecismo, con gran escándalo de muchos párrocos romanos. Y allí nacieron las famosas melodías populares, que después se extendieron por todo el país.
Bibliografía
Massimo Alemanno, Le chiese di Roma moderna, vol. 1, Armando Editore, Roma 2006, pp. 36-39.
Paola Staccioli, Museo del purgatorio in I musei nascosti di Roma, Roma, Newton Compton Editori, Roma 1996, pp. 52-53.

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